Conformar nuestro corazón

Es importante entender el pensamiento de Magdalena Sofía en torno a la “glorificación del Corazón de Jesús” y de qué manera podemos actualizarlo para nuestros días. La devoción al Sagrado Corazón de Jesús se difundió rápidamente a partir del siglo XVII, tras las revelaciones a Margarita María Alacoque en Paray-le-Monial, y ha estado acompañada generalmente de una serie de prácticas, como la de la comunión de los primeros viernes. Casi dos siglos después, Magdalena Sofía Barat dio al culto al Sagrado Corazón una dimensión nueva.

Para entender esto, es importante ubicar a Magdalena Sofía en su contexto: la Francia del siglo XIX. Nacida en 1769, vivió de niña la Revolución Francesa, y la fundación de la Sociedad del Sagrado Corazón coincide con un tiempo de “restaurar” la sociedad y la Iglesia francesa. No se trataba tanto de “reparar” las ofensas recibidas por el Corazón de Jesús, sino de hacer lo que Jesús quería de todo corazón: reconstruir en Francia aquello que la Revolución había destruido. Se eligieron cuatro medios para hacerlo: la educación de las niñas y jóvenes en internados, los externados para niñas pobres, los ejercicios espirituales y la relación con los seglares.  Pero esta misión hacia el exterior es sólo la mitad de un todo: el núcleo de esta vocación radica en entrar en los sentimientos y “disposiciones interiores” de Jesús en lo más profundo de su persona, su Corazón.

El objetivo es “glorificar” al Corazón de Jesús, no mediante el culto exterior, sino descubriendo lo que hay en su interior y “visibilizándolo” a través de la propia vida. Y esto abarca prácticamente todas las dimensiones de la existencia, ya que casi cualquier cosa es materia de “estudio” en el corazón de Jesús: desde el modo de amar y soportar a las hermanas, la preferencia por las niñas pobres, las actitudes de humildad o mansedumbre, hasta el modo de comer, en el que procurarán penetrarse de los sentimientos interiores que tenía el Corazón de Jesús cuando comía con sus discípulos…[1] Pongo este ejemplo por ser especialmente expresivo, pero obviamente tienen más relevancia el aprendizaje de los votos, las actitudes en la vida comunitaria o la práctica cotidiana de la oración. A este proceso de identificación progresiva, que abarca íntegramente nuestra persona, es a lo que Magdalena Sofía llama “unión y conformidad” e insistirá en ella tanto en las Constituciones como en las numerosas cartas que escribió a lo largo de su vida.

Es significativo que desde el principio se integren como en un solo movimiento la formación de la interioridad y el trabajo apostólico. Para Sofía, toda circunstancia es una posibilidad de glorificar al corazón de Jesús, porque desde cualquier situación de nuestra vida podemos mirar al interior de Jesús y preguntarnos qué haría y sentiría él, para hacer nuestros sus sentimientos y actitudes.

En la actualidad, una reflexión sobre el Corazón de Jesús, un corazón que fue traspasado en la cruz, no puede hacerse separada de la contemplación de las heridas de la humanidad. Penetrar en el Corazón de Jesús significa adentrarnos en el misterio del amor fiel y misericordioso de Dios, pero también en las heridas abiertas de un mundo que necesita todavía ser liberado, recreado y reconciliado. Jesús se encarnó, se hizo humano, y entrar en su costado abierto sólo se verifica si “entramos” en  la realidad sufriente, y ahí buscamos sanar y reparar.

Así, la compasión y la identificación con Jesucristo aparecen como dos dimensiones constitutivas e inseparables del carisma y la espiritualidad del Sagrado Corazón: identificarnos con su mirada y su corazón compasivo, acercarnos compasivamente al mundo, com-padecer con aquellos con los que el mismo Jesús se identificó en su vida y en su muerte, participar de la compasión activa de Jesús que hoy nos reta a desclavar a tantos crucificados.

Al identificarse con el Corazón compasivo de Jesús, ustedes entran en su ternura, su presencia amable, su capacidad para “sufrir -con”, su don para ponerse en el lugar de los otros; asumen también su modo de ver las heridas en aquellos a quienes serán enviadas, aquellos que el mundo excluye: las mujeres encorvadas de hoy, las adolescentes que viven en la calle, la gente sencilla, los campesinos atraídos por el esplendor de la sociedad de consumo…[2]

            Esta convicción nos ha llevado a expresar el deseo de ser mujeres de compasión, de comunión y reconciliación, no como algo logrado, sino a partir del deseo y la experiencia de que la mirada y el amor de Dios nos transforman, nos convierten, nos sanan. 

Clara Malo C, rscj

 

[1] Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús. Constituciones. Roma, 1987.  1ª parte (Const. de 1815)  No. 77

[2] PRATT, C., Conferencia a las probanistas. 17 de junio 2004