Hacer memoria, celebrar y soñar

Paula Grillo, rscj

Muchas cosas me quedan por decirles, pero ahora no pueden comprenderlas (Jn 16, 12).

Cuando era muy joven, mi oración se centraba en contemplar a Jesús. Me apasionaba seguirlo por los caminos de Galilea, acompañarlo en el Calvario, reencontrarlo resucitado. Pero me costaba más rezar dirigiéndome al Padre, y al Espíritu sólo lo nombraba en los hit parroquiales previos a las confirmaciones.
La verdad es que me daba pereza pensar en la Trinidad. Era muy complicado eso de tres en uno, pero siguen siendo tres, pero son uno…
Con el tiempo, fue cambiando mi manera de rezar. Empecé a mirar al Padre desde los ojos de Jesús, y a reconocer la presencia del Espíritu animándome, guiándome, sosteniéndome en situaciones en las que sé que no podría permanecer por mí misma.
Hace unos pocos años, intentando estudiar lo que algunos teólogos han reflexionado sobre la Trinidad, descubrí algo que me conmocionó: Dios se revela tal cual es. Y esto, que parece tan simple, sacudió todo mi pensar acerca de la Trinidad.
Jesús entrega su vida porque desde siempre está entregándola en respuesta al amor primero del Padre. Y el Padre es dador de vida porque desde siempre está engendrando al Hijo, vaciándose de sí para comunicar todo lo que Él es. Y el Espíritu completa esta danza de amor entre los dos, sosteniendo esta común-unión eterna. Nuestro Dios es mutua entrega, total, sin reservas. Amor derrochado. Gracia.
Creer en Dios Trinidad no significa que creemos en un dios distinto, con tal o cual atributo. La novedad del cristianismo es que creemos en Dios-que-es-relación, Dios-amor-entregado.
Si somos imagen y semejanza de este Dios, nuestra identidad será plena cuando encarnemos su modo de amar. Llegaremos a ser nosotros mismos cuando entreguemos totalmente nuestras vidas.
Muchas veces, nuestra oración consiste en pedirle a Dios aquello que nos falta para ser mejores personas y para vivir nuestra misión. Nos provoca inseguridad el sentirnos desprovistos de sabiduría, de fortaleza, de paz. Nos da miedo la experiencia del vacío. Pero tal vez, esas carencias y esos vacíos no sean un problema sino justamente la posibilidad de reconocer ese espacio entre Dios y nosotros, que es contingencia para nuestra libertad y para que él nos salga al encuentro. Sin ese vacío, ¿cómo nos daríamos cuenta de que él nos falta? ¿y cómo podríamos reconocer que él viene, que se da a conocer, que nos ama?
Creer en Dios Trinidad es aceptar que andamos siempre entre paradojas.
Es disponerse ante un misterio inabarcable y, gracias a Jesús, accesible.
Es recibir derroche, para entregarse.
Es vaciarse, para ser colmado.
Es distancia y es encuentro.
Es no entender y a la vez tener la certeza de que Él es.