Volver a casa

Hoy se nos regala la posibilidad de volver a empezar, de vivirnos como verdaderos hijos de Dios.

-      En el desierto, Dios ayudó al pueblo a sobrevivir por medio del maná. Pero nuestra vocación no es a sólo “sobrevivir” sino a vivir de verdad. A sentirnos en casa, en una tierra que podamos llamar nuestra. Fue una buena noticia cuando el pueblo por fin pudo comer de los frutos de la tierra, sembrados por ellos mismos.

-      En el evangelio vemos dos maneras distintas de no sentirnos “en casa”. El caso del hijo menor lo conocemos muy bien: de plano se va y malgasta la herencia. Pero tenemos el caso del hijo “bueno”, responsable, cumplidor... que en realidad nunca disfrutó estar en casa de su papá. Vivía el trabajo como carga, había ido acumulando resentimientos, se sentía trabajador, pero no hijo, ni hermano. De hecho, la parábola está dirigida precisamente a los “buenos”, a los bien portados, a los cumplidores.

-      Revisemos nuestro corazón: ¿quiénes son aquellas personas que nos cuesta trabajo reconocer como “hermanos”? ¿Somos capaces de alegrarnos cuando se suman a la comunidad los que consideramos pecadores? ¿Creemos en las segundas oportunidades? Sólo mirando con los ojos de Dios seremos verdaderamente hijos y hermanos. Reconciliémonos con Dios, como suplica Pablo en la segunda lectura. Jesús, el verdadero Hijo del Padre, nos tiende la mano para decirnos que podemos volver a casa.

Clara Malo C. rscj