Felices ustedes

¿Qué nos hace felices? Vivimos rodeados de ofertas de felicidad. El evangelio de las bienaventuranzas parece desmontar todas ellas, y por eso es uno de esos pasajes difíciles de escuchar.

Hay que entender bien las bienaventuranzas. Jesús no está diciendo que el hambre, las persecuciones y el dolor sean buenos en sí mismos. Lo que está diciendo es que el Reino de Dios es la respuesta a esas situaciones injustas y de carencia: los que tienen hambre serán saciados, los que lloran reirán… Por eso el Reino de Dios es buena noticia para los pobres, los que lloran, los hambrientos.

Resultan todavía más difíciles de escuchar las advertencias contra los ricos, los hartos y los que ríen, pero hay que escucharlas y darles espacio. No se trata de que, si has tenido abundancia, después te va a tocar carecer, como si fuera cosa del destino. Lo que nos dice es que la riqueza injusta, los excesos de algunos cuando otros pasan hambre, la risa insensible frente al dolor de otros, son contrarios al Reino de Dios. Son un cimiento falso para la vida, y nunca serán fuente de verdadera felicidad, sino de vacío, sinsentido y dolor para nosotros mismos y para los demás.

La primera lectura lo dice de otro modo: hay que elegir dónde plantamos nuestras raíces. Si ponemos nuestra seguridad en el aplauso ajeno, en la acumulación de bienes materiales, en tantas adicciones con las que llenamos nuestros vacíos, seremos como matorrales en el desierto. Sólo Dios y su reinado de inclusión, compañía, solidaridad y perdón pueden darnos agua, raíces firmes y verdadera felicidad.

Clara Malo C. rscj