Cuando el paliacate se hace sacramento

Clara Malo, rscj

Sacramento es, en primera instancia, un signo que nos remite a lo sagrado. Un objeto, gesto, celebración, que hace referencia a un universo de significados tan denso, que no podría expresarse de otro modo. De ahí que los sacramentos no puedan reducirse a los 7 que conocemos y que aprendimos desde niños: la vida entera puede tener un sentido sacramental, porque hay mil formas que nos hablan de encuentro y de presencia. Porque claro, si hablamos “en cristiano”, sagrado es la vida de Dios tejida con la nuestra, es encuentro con Alguien que nos buscó primero, es memoria de una vida concreta (la de Jesús de Nazaret) que de alguna manera nos hace hermanos y nos hace semejantes a Él.

Por eso, puesta a elegir un signo que me hable de todo esto, se me vino a la mente un objeto sencillo: un paliacate. ¿Quién dijera? Es sólo un cuadro barato de tela, útil para adornar, cubrir la cabeza o limpiar algo... Pero puede ser también mucho más que esto; puede ser, por ejemplo, el signo externo que identifique a un equipo de jóvenes, puede recordar experiencias de trabajo misionero, puede dar identidad.

Desde hace varios años he tenido la suerte de acompañar a jóvenes, generalmente en experiencias de “misiones” en comunidades rurales. Es desde esta experiencia que el paliacate ha tomado un significado profundo, y reconozco que he descubierto su sentido mucho más a través de la experiencia de los jóvenes que desde mi propia reflexión. Hace años, alguien dijo que resultaba práctico cubrirte la cabeza esos días, tomando en cuenta que no es fácil conseguir un baño. Los que en ese tiempo éramos jóvenes, comenzamos a llevar un paliacate cada vez que salíamos en misión. Con el tiempo, al crecer el grupo, alguien decidió comprar paliacates de colores: un color por cada equipo; así, de ser algo práctico, el paliacate pasó a ser una señal de identidad grupal.

¿Es necesario el paliacate? En realidad, no. Pero nadie dejaría de usarlo. Ahora es un signo fundamental en la misa de envío, y quienes han participado en varias misiones conservan su colección: “Mira, el amarillo es de mi primera misión, el verde de cuando fuimos a León, el azul de la navidad pasada, este año quiero uno gris...” De ese modo se van acumulando los significados: soy misionero, pertenezco a este equipo, he vivido determinadas experiencias, tengo estos recuerdos...

La Iglesia viene explicando, desde el concilio de Trento, cómo es que los sacramentos “producen gracia”, es decir, son eficaces. Es real que “algo” sucede con el bautismo que nos incorpora a una familia; también es real que la Eucaristía nos hace comunidad, nos une al misterio de Jesucristo, nos tendría que hacer, como El, pan partido. ¿Es esto “magia”? No, no lo es; es una gracia profunda: es el don de poder expresar nuestra fe y encontrar un símbolo que condense una fe y una práctica.

En ese sentido, es evidente que un paliacate por sí mismo no transforma personas. Pero una experiencia de trabajo entre los pobres sí lo hace, y el paliacate es símbolo de esto. Por eso, el paliacate no tiene sentido fuera del contexto de la misión, y será más simbólico en la medida en que se vaya cargando de significado. Es decir, la gracia no está en usar el paliacate, sino en la experiencia de formar parte de un grupo-comunidad en el que la persona se pueda sentir acogida y aceptada. La gracia está en cada uno de los encuentros con niños, con jóvenes o con mujeres que nos cuestionan nuestra manera de vivir. La gracia está en lo compartido cada noche a la luz de una vela, cuando se cae en la cuenta de que todo lo vivido ha sido presencia de Dios.

Cuando una experiencia como ésta toca y marca la vida de un joven, a tal punto que puede dar testimonio de que ha encontrado a Dios, o de que su modo de relación con los demás o su visión del mundo ha sido modificada, no podemos sino decir: aquí hubo un encuentro, por aquí pasó Dios. La experiencia, toda ella, ha sido sacramento.