Mi reflexión tras la visita del Papa

Reyna González, rscj

No me perdí ni una oportunidad de oír al Papa Francisco en cada paso de su visita por Estados Unidos, pero nada se pudo comparar a participar en la Misa que celebró en el Madison Square Garden en Nueva York.  Las palabras que se sembraron en mí a lo largo de sus distintos discursos, echaron raíz de una manera especial en esa misa. Me sentí especialmente tocada y llena de esperanza cuando dijo:

Saber que Jesús camina todavía por nuestras calles, que es parte de la vida de su pueblo, que sigue involucrado con nosotros en una larga historia de salvación, nos llena de esperanza. Una esperanza que nos libera de las fuerzas que nos impulsan al aislamiento y a la falta de preocupación por las vidas de los otros, por la vida de nuestra ciudad. Una esperanza que nos libera de las “conexiones” vacías, de los análisis abstractos, de las rutinas sensacionalistas. Una esperanza que no tiene miedo de implicarse, que actúa como levadura ahí donde nos toque vivir y trabajar.

El Papa nos (me) desafió a acercarnos a los más vulnerables: niños, ancianos, migrantes, e incluso nuestra tierra. Ya caminamos en las mismas calles, pero caminamos como los apóstoles en el camino de Emaús: no reconocemos a Jesús en aquellas personas con quienes compartimos la ruta, este camino liberador de salvación.

Veo qué importante es re-abrazar nuestra llamada a permitir que el mundo señale nuestra agenda como religiosas y religiosos. Siento que removió en mí un sentido renovado de compromiso en mi vocación religiosa para vivir y encarnar una espiritualidad que busca formas nuevas de vivir con esperanza, alegría y conexión.

A veces es difícil para muchas personas sentirse “en casa” en la Iglesia. El Papa Francisco me dejó con una profunda sensación de esperanza en la Iglesia como institución y como pueblo de Dios.

Su homilía espontánea en Filadelfia en la conferencia de las Familias, contiene una invitación, un desafío que también incluye a las congregaciones religiosas. Los mayores, dijo, son la memoria, y las generaciones más jóvenes tienen la fuerza de empujar hacia el futuro. Ambas se necesitan: la memoria y la fuerza. Esa es también nuestra invitación como religiosas. Cómo mantener viva la memoria, y al mismo tiempo juntamos la fuerza para avanzar hacia el futuro de nuevas maneras, porque el mundo ha cambiado y pide de nosotras esto.  

Como Religiosa del Sagrado Corazón, me siento renovada en mi vocación para vivir las tres “C”: compasión, compromiso y comunión.