Dios de rostro transformador

Celia Salinas, rscj

Hablar del rostro de Dios en mi experiencia apostólica, es hablar de un rostro multifacético, pues cada espacio, grupo o persona manifiesta uno distinto como:

  • Dios que se transforma en alimento para la vida diaria, no sólo por estar capacitando a mujeres de comunidades rurales en proyectos productivos, acompañando caminatas al interior y a jóvenes misione-ros de nuestros colegios, sino también por el compartir la fe y palabra que nos alimenta y a su vez nos transforma en alimento para otras personas y nos impulsa a cuidar la tierra y la vida social en que vivimos.
  • Dios que se alegra y celebra por los frutos que se van obteniendo; frutos de los proyectos y frutos de crecimiento en la convivencia, en el trabajo en equipo, en solidaridad comunitaria, en la sensibilidad para con las necesidades de los demás, etc.
  • Dios joven que busca respuestas a la misión de la vida personal; que crea, construye, apuesta y arriesga.

Esos rostros son impulso y gozo en mi vida, son disfrutar del Reino que ya está, pero todavía no, pues los retos también cambian en la medida que cambian los rostros, tiempos y espacios. Nuestra sociedad como tal tiene el gran reto de una vida en equilibrio y mientras otra cosa exprese, nuestro aporte tiene mucho espacio en donde hacerse presente.

Algunos de los llamados que reconozco son a dar lo mejor que tengo y he recibido, a ser puente entre la persona y el experimentar a un Dios vivo que nos ama, acompaña y libera y mostrar alegremente que ese Dios que quiero que conozcan me habita.